miércoles, mayo 23, 2007

UN SUPERVIVIENTE DE VARSOVIA

I cannot remember con exactitud cuando el miedo de “Un superviviente de Varsovia”, de Schoenberg, decidió construir un nido en mi cerebro. Hasta ahora, sobre la niebla con la que el paso del tiempo ha cubierto mi memoria de la partitura, se asomaban tres volcanes en erupción: las primeras notas escupidas por las trompetas; el grito del narrador prediciendo el horror “Get Out! the sargent will be furious”, y la primera bocanada de la oración Shema’ Yisroel (Escucha Israel) que respira el coro de hombres. Pero hoy ese afilador de la memoria visual que es Youtube me ha descubierto de nuevo toda la geografía de esta música: lo habitual en terrenos castigados por la lava, un paisaje arisco donde las palabras suenan como rocas incandescentes despeñándose hacia tu conciencia por una pendiente pronunciada en alemán.

Schoenberg armó el esqueleto de este testimonio en 1947, y René Leibowitz, alumno de Webern, alumno a su vez del maestro, lo rellenó con la carne aún humeante de las víctimas, que cubrió con la piel de una instrumentación callosa.

Las dos mitades de la serie dodecafónica parecen haber decidido repartirse los dos papeles principales en la comedia de la frase clásica: antecedente para la primera porción, consecuente en la segunda.


Si a este detalle nada nimio le sumamos las migas de pan que Schoenberg ha dejado caer en los cruces de caminos de la partitura, accesibles sólo a oídos en permanente alerta roja, se entiende que Nuria, la hija catalana del compositor, declarara en una entrevista que “Un superviviente de Varsovia” es la pócima más indicada para resucitar a todos los melómanos que no sobrevivieron a la desaparición de la tonalidad.

La narración cantada, (Sprechegesang), técnica cuyo copyright pertenece a Schoenberg, corre a cargo del barítono Hermann Prey suscribiendo su viaje profesional desde Eros, cuando perseguía con voz tecnicolor a bellas molineras en el bosque de Schubert, hasta Tánatos, ahora declamando en blanco negro el horror nazi en el crepúsculo de Schoenberg.

El texto se abre con una memoria desmemoriada: él no puede recordarlo todo, pero lo que va a contarnos tenemos la obligación de no olvidarlo nunca. No permitamos que el tiempo y sus nieblas extingan esos volcanes.

2 comentarios:

Isa dijo...

Una forma excepcional de narrar el dolor de un raza perseguida a través del testimonio de un superviviente escapado del ghetto de Varsovia.
En pocos compases, Schoenberg nos guía al sórdido mundo de la guerra. El recitador en sprechgesang — utilizando el inglés como el idioma del superviviente y testigo— y la trompa nos enuncian el desastre. Y el clima se va enturbiando y espesando hasta llegar a su punto álgido con el tema dodecafónico al completo de la mano de los violines, clamor de la persecución de un pueblo. Y el alemán se intercala como la voz del verdugo. Y vuelve la trompa, discreta, para dejarnos con la melodía del coro masculino, la voz hebrea, la oración de los judíos, un cantus firmus.
Gracias por remover nuestra memoria con tan magistral obra.
Como pequeña contribución a esa memoria que nunca debiera borrarse quisiera recordar otra obra, el oratorio 'Dies Irae' que Krzyztof Penderecki dedicó a las víctimas de Auschwitz y a un padre franciscano ( el padre Kolbe) que murió en aquel campo de concentración. Oratorio que Pendercki quisó finalizar con un canto de confianza hacia el hombre con mayúsculas.
Saludos y de nuevo, gracias.

El espía de Mahler dijo...

Excelente descripción.El Dies Irae de Penderecki, y su Treno para las víctimas de Hiroshima, donde hasta los gritos de las víctimas niegan el timbre dulzón de los violines. Gracias a ti por la visita. Un placer.