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viernes, junio 01, 2007

TRES HURRAS POR ROBESPIERRE

Tras peinar las barbas de Brahms por cuarta sinfónica vez, ayer llegó el momento de iluminar su sombra histórica: Schumann. La correcta visibilidad de su concierto para violonchelo, primo hermano del de Mendelssohn para violín, depende de enfocar el cañón de luz de manera que ensalce sus virtudes, el discurso romántico de la parte solista, -interpretada en este caso por Lluís Claret-, a la vez que ensombrezca sus carencias, una orquestación que parece comprada en una tienda de artículos ortopédicos de segunda mano.

El caso es que mientras Claret desnudaba la partitura para dejar al descubierto sus ensimismadas curvas melódicas, recordé de pronto que Stefan Zweig consideraba el Romanticismo mayúsculo como la huída de Occidente, decepcionado por el fracaso de los ideales inspirados por la Revolución Francesa, a las tierras altas de la imaginación. Schumann, entre otros muchos, es un vivo ejemplo de lo fructífero de ese exilio continental, aunque al compositor le costara la vida, extraviada en el intrincado laberinto que la locura diseñó en su mente.

El romanticismo tan intenso por tan introvertido de este concierto no sólo te desembozará las arterias, sino que tendrá además la delicadeza de plantarte lirios en el jardín de tus sentimientos. Cada vez que su perfume te embriague no te olvides de lanzar al viento tres hurras por Robespierre.

Concierto para violonchelo, de Robert Schumann

Solista: Pierre Fournier