lunes, mayo 21, 2007

EL OLOR DE LA MÚSICA

La entrada del local olía a barniz especializado en rescatar recuerdos de infancias celebradas con juguetes de madera. Al instante, sospeché que ese era el primer cebo de la tienda, un reclamo para melómanos tímidos como yo, aficionados temerosos de hacer el ridículo ante un vendedor especializado de una tienda consagrada principalmente a clientes de la profesión.

Ni carteles de diseño, ni rótulos fluorescentes, ni música de ambiente, el mejor antídoto para el "no gracias, sólo miraba": unas gotas de barniz mágico derramadas en el felpudo de la entrada evocando una escena de la infancia y ya tenían al tímido curado de su complejo de aficionado, caído en la trampa del deseo de llevarse a casa sus seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, años. Fin de la retrocuenta y despega mi tarjeta de crédito: "Póngame una viola", que así debía implorar el incauto cazado en las redes de un recuerdo cuando en realidad lo que quería decir era, "envuélvame ese olor que me lo llevo", es decir, "le compro mi infancia".

El sonido de la puerta al cerrarse detrás de mí me impulsó a avanzar a paso ligero hasta el centro del pasillo, donde junto una estantería repleta de partituras de bolsillo me detuvo otro reclamo más común y más difícil de salvar para los que, como yo, habían sobrevivido al primero: un intenso olor a tinta de tebeo sin estrenar que aumentó el tamaño de mis fosas nasales de manera del todo ajena a mi voluntad. Que esa era la treta que escondía ese banquete de olores, despojarte de tu voluntad para que una voz, que era pero no era la tuya, tradujera la imagen que ese olor creaba en tu mente: un niño tirado en el suelo, que eras tú, leyendo, o quizá sólo mirando, un mortadelo a los pies de su padre, el tuyo.


Y como la realidad perdida supura añoranza y las partituras no huelen como los libros, o los periódicos, sino que comparten la dulzura, incluso la fantasía sin colores de los tebeos, de nuevo la retrocuenta y mi tarjeta de crédito conquistando el pasado con una voz ajena aunque propia: " póngame todas las sinfonías de Beethoven en edición de bolsillo" cuando en realidad quería decir " devuélvame mi mortadelo", es decir, " le compro mi infancia".

Sí, me hice músico para recuperar el niño que fui.

4 comentarios:

Isa dijo...

La infancia, una partitura de olores y sabores.
Esta vez tus letras me han devuelto un poquito de esa infancia y me han dejado el sabor de una sonrisa. Gracias.

El espía de Mahler dijo...

Gracias a ti por la visita. La infancia, esa patria perdida...

Petrusdom dijo...

Los olores de la infancia, sensaciones perdidas pero que es posible que algunos recuperen con el sentido del oído, yo no puedo.

El espía de Mahler dijo...

petrusdom, en este caso es el olfato el que me ha conducido a cuidar el oído.